Relatos Cortos

Gafas a Contrapelo.

Los besos, la ternura y las caricias; pero sobre todo los besos… Los amantes se recorrían mutuamente con las almas encendidas, a flor de piel. Cada centímetro de sus caras experimentaba tras un beso, después de cada caricia, una explosión de delicadas y agradables sensaciones. Los amantes se sentían con los labios, las pestañas y aún las narices al frotarse livianamente en ondulados y sinuosos movimientos.

La tarde pasaba tranquila. En la cocina el sonido de la cafetera anunciaba el término de la espera. Los enamorados se miraron con una complicidad compañera, sólida: un último beso antes de que él se levantase del sofá. Fue entonces cuando ocurrió.

A la precipitación por concluir con la tanda de besos se sumó una inexplicable y confusa sensación: Cuando él se disponía ya a bordar la última filigrana bucal con los graciosos y carnosos labios de ella, un crujir plasticoso vino a sacar a los dos amantes de su letargo sensitivo. Se trataba del contacto áspero y seco del cristal orgánico de sus transparentes gafas al chocar la una con la otra.

La primera vez resultó cómico. Con un gesto apresurado – y más teniendo en cuenta que el café esperaba enfriándose en la cocina – él se quitó el aparatoso artefacto óptico y terminó de besar la boca que todavía esperaba. Fue más tarde, después del café y una vez reanudada la andanada de besos y abrazos, que ambos cayeron en la cuenta de lo que realmente había ocurrido. Se trataba de algo más que de un simple choque entre monturas. Era una contienda en la que las estructuras plástico-oculares luchaban la una contra la otra en un intento por separarse. Como si la parte fría y mecánica de sus fisonomías rechazase el contacto de la carne…

La pareja no tuvo dudas de lo que había ocurrido. Se trataba de sus gafas: luchaban a contrapelo.

Ernesto SánMar.


La Tierra Interior.

El aullido lastimero de un perro guardián despierta la mañana de este soleado y límpido domingo. Un sin fin de trinos se mezclan con el sonido de las motocicletas de campo, aquí, en Llerena: Provincia de Badajoz. El seco retumbar de dos cartuchos anuncia que allá, en medio de la era, algún cazador está disparando su escopeta. Esto es paz, sosiego y salud todo en uno. Aquí uno se siente en calma, en paz con el universo. Todo es más lento y limpio que en la ciudad.

Un gato negro, casi de angora, deambula entre el verde follaje tranquilo, junto a un campo arado. Después de llamar su atención con un siseo, sus ojos brillantes y felinos me miran y huye danzando hacia unos olivos cercanos. Junto a unos árboles secos, despoblados de hojas por el invierno, lo que un día fue un transitado puentecillo de piedra, aparece hoy como un arco solitario en medio de la era, fecundo de hiedras y otras plantas silvestres. Un viejo depósito de agua se yergue a lo lejos, oxidado pero entero, como un guardián sempiterno de estas tierras fértiles.

El sol radiante me acompaña y aleja de mí cualquier posible temor nocturno. El frío da paso a la tropicalidad del aire templado y agradable. Me siento bien. Descubro en el cielo formaciones aéreas de pájaros que, en bandadas, dibujan acrobacias imposibles en un intento de libertad. Si miro, por ejemplo, a través del hierro forjado de la reja de la ventana, unos brillos mágicos, argénteos extraordinarios, reflejan la luz del dorado astro rey: se trata de los preciosos hilos de plata que alguna trabajadora araña se ha afanado en tejer durante toda la mañana…

Me siento dichoso, en mancomunión con todo esto, lejos de las prisas, el tedio, la desidia de las horas muertas y malditas. La vieja fábrica de harina, con sus dos palmeras y antenas olvidadas que lucen en su tejado, es el recuerdo vivo de lo que antes fue la vida de este pueblo. El campo, en un intento de recuperar los años usurpados por la industria, recupera ahora ese espacio y aisla a la mole de piedra y metal oxidado en un destierro campestre, asilvestrado.

El balido de algunas ovejas se alterna con el alegre gorjeo de dos negros mirlos que sobrevuelan por entre los terranos surcos. ¡Cuánta paz y armonía !.

En sus soleadas calles Llerena se despierta lenta pero alegre. Sus plazas, sus milenarias calles, albergan edificios del medievo que alternan escudos y blasones oxidados de verdina con cadenas y columnas de mármol. Una iglesia, verde de vegetal epidemia de la piedra, se yergue portentosa en un lateral de la calle que lleva al mercado de abastos. Sus viejas vidrieras, ahora sin cristales, solo con paneles pintados, simulan con sus azules y verdes el lejano, imposible mar de estas profundas tierras.

Las abuelas, de negro quizá alguna, charlan sin prisa en los zaguanes de sus casas: tranquilas, sabedoras de que el tiempo en estas latitudes está de su parte. Un abuelete, jovial y jirocho todavía, lleva encima un gallo negro y blanco por la calle. Se lo pido y me deja que le haga una fotografía. Es Llerena, un pueblo tranquilo, jovial y claro como el sol; a camino entre Sevilla y Badajoz.

Ernesto SánMar.

Mi Viaje de Placer

Mil centímetros cúbicos de cilindrada daban para mucho y Eloisa no lo entendía. Para ella todo eran números, cálculos sobre los pros y los contras de emprender un largo viaje y la enumeración de un sin fin de posibilidades de sufrir un trágico accidente. Mi cerebro, asfixiado por el asedio constante del trabajo rutinario; aquellas sirenas de ambulancias a toda prisa; los reproches sobre la moderación y el ahorro de mi novia, acabó por ejecutar la mejor de las maniobras posibles y tras un día de lento rumiar al amparo de la almohada, decidí, finalmente, lanzarme a la aventura.

Una hora de carretera fue suficiente para que mi amortiguada alma comenzara a liberarse. Aquella inmensidad salina, blanca y brillante me inundó los sentidos nada mas llegar. Era placentero sentir la brisa marina en la cara, mientras oteaba el infinito azul, en contraposición con el rebufo sulfuroso del tubo de escape de mi moto. Como si de una revelación repentina se tratase, aparqué la moto, me quité el traje de cuero y me inmersioné en aquellas frías aguas verdes. Una punzada aguda y vivificante, justo en la base del cráneo, me sacó ipso facto de la presión y ansiedad que arrastraba de la ciudad. ¡ Cuán libre me sentía ahora!. Me sentía verdaderamente feliz en esos instantes de semi-ensoñación infantil…

Me puse en marcha dos horas después. La velocidad había dado paso a la marcha sosegada y placentera. Mi vista, más allá de quedarse inmóvil en las blanquecinas líneas de la carretera, ansiaban abarcar más y más espacio en busca de la orilla: de aquella larga orilla que me devolvía a la paz. Unas nubes fosforescentes, anaranjadas, aparecieron sobre el infinito azul. La luz del sol brillaba con especial intensidad sobre la lengua de arena kilométrica. Mi espíritu volaba por encima de aquella carretera: de aquél trozo de tiempo robado a los compromisos, el televisor, la hipoteca, el estres, las facturas… Nada más yo y el universo: en perfecta conjunción.


Ernesto SánMar.